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El silencio no es una palabra

1 Oct , 2015  

Este sábado a las 21:30 en el Teatro Las Nobles Bestias de Temperley será la última función de “La hija del silencio” escrita y dirigida por Alfredo Badalamenti, con el protagonismo absoluto de Raquel Pardo. Una obra dura que se atreve a explorar un tema tan trágico y actual como el abuso.

Por Adrián Sotelo 

“La hija del silencio” es una obra compleja que se podrá ver por última vez este sábado a las 21:30 en el Teatro Las Nobles Bestias de Temperley (14 de julio 142). Compleja no sólo por el tema que trata, el abuso sexual, sino para llevarla a cabo ya que es un unipersonal con Raquel Pardo que deja afuera todos los recursos típicos de los unipersonales.

Alfredo Badalamenti dirige a Raquel en esta obra que él mismo escribió para enviar a un concurso de dramaturgia. Nunca lo envió pero un día decidió dárselo a leer a la actriz aún sin estar demasiado convencido de si era posible representar este texto porque “es muy narrativo y no tiene el concepto de acción tradicional en el teatro”.

Raquel , ¿qué te atrajo del texto?

Raquel Pardo: Me pareció increíble. Pensaba cómo se hace, le dije que sí porque no sabía cómo se hacía y era un desafío. Me encanta la dificultad para poder crear.

¿Cómo lo empezaste a abordar?

R: Empecé con un pedacito de texto y de ahí empezamos a laburar. Lo fuimos descubriendo.

Alfredo Badalamenti: Cuando lo empezamos a hacer me di cuenta de lo que había escrito. Al leerlo, releerlo y exponerlo en escena, le encontré significados que no le había encontrado y me hice preguntas que no me había hecho antes.

¿Cómo cuáles?

A: Técnicas. ¿Por qué habla tanto la hija del silencio? Uno descubre que el silencio es otra cosa. No es literal, no es que es una mujer que no habla sino que habla mucho para no hablar de lo que tiene que hablar. También me fui dando cuenta de dónde venían las imágenes. Partí de la imagen de una mujer que la había visto mucho en viajes. Esas mujeres que están en silencio muchas horas adentro de las salas donde guardan las toallas, los papeles higiénicos.

¿Y qué te motivó a que la historia sea para un solo intérprete en vez de con más actores?

A: Había visto “La mujer puerca” de Loza en un festival. Me hizo bien, un trabajo puramente actoral, no había absolutamente nada más que la actriz, muy bien actuada y contada. Creo que ahí estuvo la inspiración de escribir algo de estas cosas que uno no se da permiso ¿A quién le podría interesar…? Cuando vi “La mujer puerca” me di el permiso para hacer algo que hace rato tenía ganas de hacer que era escribir una historia sencilla de una mujer. Tenía la necesidad de reducir tensiones. No pensar otra vez en una obra para cuarenta personas. Quería trabajar con cosas más acotadas o sencillas, que después no fueron sencillas, todo lo contrario.

¿Por qué no fueron sencillas?

A: Hubo que encontrar cómo hacer que una sola mujer en el espacio, con un texto como este, sea atractiva, que la gente no se quiera ir a los diez minutos. Fue complicado. Es un gran laburo pero me había propuesto ir por algo sencillo.

La puesta es sencilla también: el banquito y ella.

A: Quería que sea puramente actoral. El planteo fue muy austero. Empezó de esta forma. Hay una puesta nueva pensada para ponerla en práctica quizás más adelante.

¿Cómo te hace sentir la disposición circular del público, Raquel? ¿No te ahoga?

R: No me molesta. Me siento bien. Esto de por momentos hablarle al público me hace ir y volver y me da fuerzas para lo que viene.

A: Hoy fue la primera vez que se rompió la cuarta pared. El planteo era que no le hablaba a la gente pero hoy quisimos probarlo.

R: Le vamos modificando cosas. La obra tiene que tener movimiento.

Desde lo estrictamente corporal, ¿cómo encontraste las acciones que son muy fluidas?

R: Cuando vas construyendo el personaje, te preguntás cómo es el cuerpo de esta mujer que fue abusada, que no habla, que no ha tenido caricias, con una necesidad de cariño impresionante…

A: Lo que trabaja como acción constante es abarrotarse de palabras para tratar de no caer en lo que no quiere contar y, aunque no quiere, cae. Trata de salir de vuelta, vuelve a caer y cada vez cae más hasta que tiene que asumir lo que le sucede. Esa es la dificultad de trabajar esto porque no tiene un sostén. No tiene un jarrón al que le cambia las flores. ¿Por qué empieza a hablar? Le gusta el silencio porque así acalla su cabeza. Había gente que me sugería que cuando habla del padre, actúe ese padre, que cuando hable de la madre, actúe esa madre y esa es una teatralidad que está en todas partes y que no tiene por qué ser así. Yo entiendo que ese tipo de cosas es para romper la monotonía pero es sólo un recurso que yo no tenía ganas de usar.

Claro, hay una listita de cosas para romper la monotonía en unipersonales…pero no usan ninguna.

A: No los voy a usar. No porque no los conozca. No tengo ganas de hacer la listita. Yo quiero que ella sea un cuerpo que tenga ganas de salir corriendo y no puede hasta que no da más.

R: Alguien me dijo que se sentía incómodo. Le pregunté si se quería ir y dijo que no, que era la incomodidad de no saber qué le pasa a esta mujer hasta el final donde cierra todo.

Se siente como si una mesa temblara, en algún momento se va a caer el vaso…

R: Yo, además, soy militante de los derechos de la mujer por eso siento que esta obra tenía que llegar a mí. Quiero que se terminen estas cosas, que la sociedad lo hable y que se sepa. Mujeres que vinieron a ver la obra pudieron decir que fueron abusadas y a mi eso me pareció que, más allá de que te guste o no la obra, que nosotros logremos eso es un gran paso. Para algo el teatro sirve.

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