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“Mis padres emigraron a Europa y yo, con 20 años, me quedé para poner un centro cultural en la mitad de una crisis arrolladora”

5 May , 2014  

Pablo Cordonet se luce en el Ensamble con su unipersonal “Nada más”.

Por Adrián Sotelo
Fotos: Manuela González

No sos de zona sur si nunca te reíste en el Café Concert que se realiza todos los fines de semana en el Banfield Teatro Ensamble. Seguro que te acordás de un actor que puede hacerte reír por horas con innumerables personajes y que tiene la capacidad de improvisar por el rato que él decida mientras presenta el momento del happy hour. Pero Pablo Cordonet no es sólo actor sino que también es director, dramaturgo, músico, escenógrafo, artista plástico, escultor…Es que él afirma que “la completitud hace a la posibilidad. A la hora de crear es ley”.

Desde el año pasado, Pablo está realizando “Nada más”, un nuevo show unipersonal de stand up, música y videos con el que volverá a presentarse los jueves 15 y 29 de mayo y 12 y 26 de junio a las 21. Este espectáculo que, al igual que el Concert, se renueva para cada nueva función, fue la excusa para sentarnos a charlar en la vereda del teatro lomense de Larrea 350 sobre sus orígenes artísticos, la fórmula para hacer reír, su fascinación por los enanos, los catorce años de historia del Ensamble y su grupo de jazz y swing Raskoski Hot Club con el que tocará gratis el 21 de mayo en el Teatro Municipal.

¿Siempre pensaste en ser actor?

De chiquito arranco con la escultura, haciendo mis juguetes cuando no había, y con el dibujo, haciendo mis personajes de dibujitos animados. Armaba historias propias. Creo que ahí empieza el amor a contar historias. Con respecto a la actuación podría ir al lugar común que es el de la escuela. Participar en los actos escolares me generaba adrenalina. En la secundaria, a los 14, tomaba clases de teatro con mi profesora Susana Santalla del ENAM. Aprendiendo de ella, en quinto ya daba las clases yo. Y ahí empecé a descubrir el teatro como espectador, desde sus elementos, desde la dramaturgia, desde la actuación propiamente dicha, la escenografía, los decorativos de la escena. Puse mucha atención y dedicación a eso.

En el show de stand up contás la influencia que tuvo tu abuelo en tu vocación…

También viene de casa, mi viejo tiene una gran amplitud musical. Desde música clásica, jazz hasta Beatles y cosas modernas que siempre fueron como un estímulo permanente. Lo que cuento de mi abuelo es que le gustaba mucho la zarzuela. Los domingos ponía un disco y salía a actuar arriba para nosotros. Nos causaba un placer enorme. Un disfrute para él que se contagiaba. A partir de todo eso elegí la carrera de actuación. Mi madre docente también influyó en algún punto en que yo sea docente de teatro. Viene de cero. No hay duda a la hora de elegir aunque haya muchos elementos que a uno lo condicionan. Yo estudiaba en los noventa. Estaba la idea del laburo como algo diferente al placer o el laburo te daba un placer que tenía que ver con el laburo y no con la vocación. Pero es como cualquier otra cosa. Es posible si uno le dedica toda su energía.

Cuando terminaste el secundario, ¿ya empezaste a estudiar?

Primero empecé la Facultad de Bellas Artes. Nelson Valente estaba dando un taller en Banfield a la vuelta de lo que era el teatro Payró que ahora es el Maipú. Empecé a tomar clases y a trabajar con los chicos. La compañía Banfield Teatro Ensamble recién arrancaba como idea, era un grupo de estudiantes de Nelson que empezaba a hacer obras. Me metí ahí y quedé. A fines de los 90, la Municipalidad perdió el Payró y nosotros, que ensayábamos ahí, nos quedamos sin sala.

¿Y ahí es que empezaron en Temperley? Eso es casi una leyenda…

¡Una leyenda urbana! Alquilamos una esquinita para ensayar y así nació el centro cultural. Tuvimos que hacer el piso nuevo y la instalación eléctrica porque el lugar no tenía ni luz ni gas ni nada. Hacíamos nuestras obritas en el 2000 cuando todo se había ido al demonio con el final del gobierno de De la Rúa, la crisis, el corralito y toda esa basura. Fue la época de los exilios. Mis padres emigraron a Europa con mis hermanos y yo, con 20 años, me quedé trabajando acá para este proyecto casi quijotesco de poner un centro cultural en la mitad de una crisis arrolladora. Pero, bueno, se fue haciendo de a poco.

¿Cómo lo lograron?

Armamos la sala principal de teatro ahí. Adelante había como un barcito para que la gente tome algo antes o después de la obra. Ahí nació el Café Concert. El ensamble fue el primer lugar que impuso, en esta era, el espectáculo de trasnoche porque antes no había. Hubo grupos chiquitos que no trascendieron demasiado. Hay instituciones gigantescas como Nobles Bestias que estuvieron desde siempre, pero el espectáculo que hoy comúnmente es Concert, y que después se propagó por un montón de lugares, lo empezamos ahí. Era yo con otros dos o tres o los que vinieran.

¿Quiénes eran?

Estábamos con Gustavo Pardi, Agustina Sanguinetti, Pedro Gómez que hoy es el director de La Combustible, Ignacio Gómez Bustamante, Nelson que siempre fue el director del grupo, Julio Greco, Rosana Barbucios, Cecilia Lagrota. Arrancamos un día una función, había dos personas adelante y Nelson me dice que hagamos algo para que se queden. Salgo con un monólogo de Woody Allen sobre la modernidad. Había dos personas literalmente. Una acá adelante mío y otra al lado de la puerta. Al otro fin de semana se quedaron cuatro porque habían escuchado que había algo después. Hicimos ese número y otro más y después hicimos otro hasta que se empezó a llenar. En un momento había más gente para el espectáculo post. La gente venía de noche al bar a ver algo. Eso pasaba adelante. Tuvimos que habilitar la sala de atrás donde entraban más de cien personas. Llenábamos. Quedaba gente afuera porque no había capacidad física. Decían que les gustaba porque era tranqui. Veníamos de una juventud donde íbamos a bailar y en la puerta se agarraban a piñas. Este era el lugar adonde nos gustaría ir a nosotros si saliéramos por la noche. Entonces se generó una cosa re linda. Re linda. Un día nos quedó chico.

¿Y ahí se mudan para acá?

Se nos venció el contrato allí y vinimos a Larrea 350. Era una discoteca que habían cerrado hacía diez años porque este es un barrio residencial. Todo abandonado. Cerraron el boliche y no habían vuelto más. Estaba lleno de papel picado, botellas. Reciclamos el lugar. Lo soldamos y pintamos nosotros mismos. Era la apuesta del siglo, alquilar este lugar gigante y carísimo. Allá teníamos 150 personas de público y acá 150 era poco. La primera noche hubo 300. Y se mantiene. Hay épocas que baja o sube pero por lo general el público no baja de 200 y siempre se va feliz. Generar este lugar tan grande nos dio la posibilidad de tener una estructura de escuela con cursos de primer a tercer año y de traer espectáculos consagrados. Y al Ensamble lo nombramos en cualquier lado y es conocido.

A vos te reconocen mucho por la calle ¿no?

Sí, me da mucha vergüenza. La otra vez me pidieron un autógrafo en la puerta de la escuela de mi hijo. “¡Un autógrafo! ¡Estás loco!”. “No, porque nosotros te vemos desde hace años”. Me han regalado hamburguesas en Burger King por ser del Ensamble. Este año se cumplen diez de nuestra residencia en esta sede y pensá que, a 400 personas por fin de semana, es inmensa la cantidad de gente que vino. Entonces, la gente que viene y vuelve, te reconoce. Es hermoso. Siempre con mucho respeto, amor y agradecimiento a lo que hacés. Lo más lindo es que la gente me diga que le alegro la semana. No tiene precio.

Sos como un famoso de la zona sur

Es como un mundillo el sur y uno es un famoso de ese mundillo. Uno está muy expuesto en el concert. Son cuatro horas de divertir a la gente. Termino muerto. Siempre tuvimos la premisa de que el espectáculo sea diferente así que toda la semana es de creación y perfeccionamiento de las cosas. No nos conformamos ni en pedo.

¿Hay una fórmula para hacer reír?

El entrenamiento del actor hace que registres tus fortalezas y tus debilidades. Me funciona trabajar con lo que a mi me divierte. Disfruto mucho de la observación. Subo a un bondi y miro lo que pasa más allá de ir apretado. También el “que pasaría si…” y ahí empieza a nacer un discurso absurdo: qué pasa si alguien se desmaya en el tren o si a tu mamá no le gusta tu novia. Es jugar con la posibilidad absurda. Para mi el humor está ahí. Es pararse y mirar el mundo desde lugares diferentes, algunos irreales pero que están en la cabeza de todos como levantarse y darle un bife a tu vieja porque dijo algo desubicado el primer día que trajiste a tu novia. No pasaría nunca pero ya la idea y esa cosa de, “sí, yo lo hubiera hecho alguna vez…”. Me divierte empezar con un tema común y después irme al carajo. Dejás que la cabeza vaya porque todos los lugares adonde va la cabeza, si viene desde ese lugar, en algún punto, toca. En el stand up hablo de cosas que a todo el mundo le pasan pero las cuento desde mi experiencia personal. Respeto mucho mi recuerdo.

Como viví toda la vida en un barrio, y como la gente que viene acá es de barrio o tiene esa cosa de familia…la cultura argentina es muy de familia por eso gusta tanto el relato familiar. Ahí es donde nos unimos. Esa es mi fórmula: ir al lugar en donde primero me cause gracia a mí.

¿Y te diste cuenta que estás obsesionado con los enanos? Es un tema recurrente…

Siempre me gustó la idea de un enano como una persona especial. Tienen una visión diferente. Tienen como una cosa de seriedad y es tan fuerte su imagen. Es fascinante. Me resulta gracioso desde la seriedad del encare. En el stand up cuento que para una obra fui al circo de Escalada para ver si había enanos y un enano serio me dijo: “Nosotros vamos de a veinte o sino no vamos”. Fantástico. Es un clan. Un mundo aparte. Como las viejas de barrio que tienen un código propio. O las maestras. Cuando hacemos de maestras, pienso desde el absurdo como supongo que piensa ese clan. Siempre con respeto desde ya. Voy creando el absurdo desde imágenes: un enano arriba de una moto. No lo podés creer. Para él es una odisea y yo me subo a una moto como si nada.

¿Cómo es tu relación con la música?

Desde chico investigué la guitarra, el piano, la batería. Siempre tuve oído pero también estudié a nivel teórico. Más allá del disfrute de hacer música, es una gran herramienta para el actor. Doy clases de rítmica, que tiene que ver con los recursos musicales en la actuación y con saber lo que es el ritmo, el pulso. Con componer. A la hora de componer lo que sea, cuanto mas herramientas tengas, mejor, y a mi la música me dio la posibilidad desde la actuación de infinidad de cosas, desde generar estupideces como timbres de voces que suenan de distintas maneras hasta velocidades de texto o dinámicas corporales. Todo eso está ligado con el lenguaje musical.

¿Qué más tiene que tener un buen actor?

Creo en el actor como artista completo: que baila, toca un instrumento, sabe idiomas. Tiene que saber sobre todo porque es un intérprete. El principal objetivo es generar en el público lo que uno desea más allá de la emoción que uno sienta al actuar. Cuanto más herramientas tengas para lograrlo, mejor. Por eso la música es fundamental.

También tenés un grupo de jazz: “Raskoski Hot Club”…

Sí. Con la guitarrista Silvina Aspiazu creamos en el 99 un trío de jazz de gitanos que se llamaba Palmintieris. A partir de eso, llegó Raskoski que es un sexteto que nos dio muchas satisfacciones: desde tocar en el Festival de Jazz de Buenos Aires en el Parque Centenario ante 2000 personas hasta tocar en mecas del jazz como Boris o Notorious. Empezó para tocar un poquito por gusto y después se generó toda esta movida. En julio vamos a sacar el segundo disco.

¿Creés que hay una diferencia en la actividad artística del sur en estos tiempos?

Sí, para mi El Ensamble sirvió como disparador para esta dinámica de concert. Tengo un pensamiento dividido: por un lado me alegra haber generado un motor de laburo para muchos actores y por otro me da la sensación de que algunos lo toman como que es fácil y de fácil no tiene nada. Entiendo que genera una idea de liviandad porque no es montar una obra que implica un laburo mucho más estricto. Me parece que a veces el encare de hagamos concert viene desde una pre-idea de que es fácil. Y no es fácil porque es una responsabilidad muy grande que la gente te elija para el fin de semana, para el momento en el que necesita algo que le haga bien. Por eso el espectáculo no tiene que ser bueno, sino excelente. Eso es lo único pero el resto me parece todo positivo. Imaginate, habiendo apostado desde mucho tiempo atrás a los proyectos culturales, saber que esto genera laburo es una alegría.

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