Entrevistas,Notas

“UNO NO TIENE POR QUÉ SER UNA COSA SOLA, NO HAY RAZONES PARA HACER ESO”

20 May , 2014  

Daniel Riera es periodista, escritor y ventrílocuo. Para él, escribir “es una necesidad. Cuando no escribo me angustio mucho. Me pongo mal, me deprimo, me ahogo en un vaso de agua. Siento una angustia que rápidamente compruebo que tiene que ver con eso, porque empiezo a escribir y se me empiezan a acomodar los melones en el jarro”, relató.

Por Melisa Pardo
Fotos: Pato Igle

Riera nació en 1970 y vivió siempre en el conurbano bonaerense. Pasó sus primeros quince años de vida en Remedios de Escalada, luego se mudó a Banfield hasta que se casó y se fue a Lanús; y ahora volvió a Banfield.

Nunca dudó acerca de quién quería ser ni qué quería hacer.

Publicó varios libros y trabajó en numerosas revistas, como la Barcelona, de la cual fue co- fundador, y también co- editor durante 10 años. Actualmente, trabaja como redactor freelance, término incansablemente debatido por las condiciones laborales a las que se ve sometido el escritor y la inestabilidad que este tipo de trabajo le genera. Pero para él no ha sido un problema, ya que tiene la “clave” para adaptarse a ese tipo de trabajo: “Hay que buscar espacios que te pertenezcan, que sean tuyos, y darle desde ahí”, reveló.

Brinda un taller de lectura narrativa y uno de periodística; y dice disfrutar “bastante” de la docencia”. “No lo hago sólo porque es un ingreso económico, sino que aprendo mucho de mis alumnos y la paso muy bien. Me nutro mucho”, señaló.

Ser ventrílocuo le resulta “muy liberador”, y puede fusionar la escritura en ese arte a través de su muñeco, Oliverio. “Es como literatura en 3D. Tu personaje está hablando. A veces está pensando más rápido que vos”, explicó. Además, sostuvo que ser ventrílocuo, “se trata de restituirle a la ventriloquia una entidad artística que a menudo en medios  o películas de terror le han quitado”.

 

¿Cómo llegás a la conclusión de que querés ser escritor?

Nunca tuve dudas sobre lo que quería hacer. En la secundaria ya quería hacer estas cosas. No necesité un test de orientación vocacional. Sí tenía una duda que era si ser periodista o escritor, que se despejó cuando leí un libro de (Gabriel) García Márquez que se llamaba “La aventura de Miguel Littin Clandestino en Chile”. Tenía 16 años y me di cuenta que podía ser las dos cosas tranquilamente. Incluso a la vez. A partir de ahí, no hubo más dudas. En un momento me di el lujo de contarle a García Márquez esa anécdota.

 

¿Conociste a García Márquez?

Sí. Salí semifinalista en un concurso que organizaba su fundación. Fue por una crónica y me invitaron a Monterrey a la ceremonia de premiación, donde le conté esa anécdota.

 

Allanaste tu camino en la crónica. ¿Dirías que corresponden al periodismo o a la literatura?

La crónica periodística es un formato que permite juntarlos.

 

¿Encontrás en la crónica periodística el lugar donde querés estar?

Me gusta mucho y me parece que tengo cierta pericia para hacerlo. Me resulta más sencillo escribir una crónica que escribir una novela o un cuento. Pero el lugar donde quiero estar varía según las circunstancias y el momento. Ahora saco un libro de crónicas que me tiene recorriendo el continente y estoy muy contento. El libro se llama “De Argentina a México en bus y otras crónicas” que remite a un viaje que hice en bondi desde Buenos Aires hasta Tijuana años atrás para la revista SOHO y se me dio por publicar un libro de crónicas que incluyera ese libro de viaje.

 

¿A qué te referís con que “el lugar donde uno quiere estar va variando”?

Es que a veces no es que no quiera estar con la crónica, sino que quiero estar arriba de un escenario con Oliverio. Otras veces quiero terminar la novela que estoy escribiendo que me está costando mucho. Uno no tiene por qué decidir ser una cosa sola. No hay razones para eso.

 

¿Cómo iniciaste tus trabajos como redactor?

Empecé en lugares lindos para trabajar. En mi segundo año de trabajo, mientras estaba estudiando, ya escribí una de mis primeras notas en la revista El Porteño. Me embarcaba en aventuras locas. A mis 20 años, me fui en tren a la cosecha de algodón en Chaco; un tren con braseros que iban de Buenos Aires. Intenté acercarme a ese formato desde donde pude. Anduvo dando vueltas la idea de la crónica, de escribir lo más lindo que se pudiera, con mayor o menor capacidad. Pero lo fui intentando desde que empecé.

 

¿Qué recursos utilizás para escribir?

Doy un taller que se llama “Anticlase”, donde la idea implica que es imposible decirle a alguien, aunque algunos colegas lo hacen, que para hacer una crónica tenés que hacer tal cosa, tal otra, o que el formato de la crónica es tal. Justamente, es lo contrario. La crónica es el formato más libre del periodismo, y por lo tanto es difícil ceñirlo a una fórmula. Sin embargo, lo que sí se puede hacer, que es lo que trato de hacer yo, es armar una especie de caja de herramientas. Eso no te garantiza nada, porque vos tenés que decidir cuál de esos recursos y procedimientos te sirve. Todo eso es hijo de la narrativa de ficción. Hay una tradición muy previa a la codificación de la llamada crónica periodística; que es hacer periodismo con herramientas de la literatura.

 

¿Tuviste que atravesar muchas críticas o ediciones con las que no estuvieras de acuerdo?

Me pasó, pero cada vez me pasa menos. En general, uno busca lugares donde ese marco de libertad esté y sea favorecido o beneficiado. Si te pasa, uno tiene que medir relación entre necesidad y principios. Hace muchos años sentí que un editor me estaba arruinando una nota, y le dije que me sacara la firma. Vi que estaba llena de cosas que la arruinaban y que me hacían quedar como un ridículo con el forzamiento del idioma. Le dije que sacara la firma cuando vi que no había posibilidad de negociación. Llegué de casualidad el día del cierre y vi la prueba toda garabateada; y miré las correcciones y no las podía creer. Ahí me dijo que era un soberbio. Han pasado 23 años y sigo orgulloso de haber hecho eso. Fue mi última nota en esa revista.

 

¿Y dónde continuaste escribiendo?

Yo colaboraba en esa revista, pero ya estaba en La Maga, donde trabajé hasta que cambió de dueño. Después edité una revista muy fugaz que hizo Musimundo que se llamaba Mix, que duró un año más o menos. Después empecé a laburar en la Rolling Stone, donde estuve hasta el 2002. Para entonces ya empecé a hacer colaboraciones para revistas de afuera. Laburé en Página 12.

Lo que tienen las revistas, es que te podés extender más; a veces tenés más plazos para trabajar y más espacios. En un diario se puede negociar el tiempo para trabajar pero el espacio es más difícil.

 

¿Cómo fue tu paso por la Rolling Stone?

Fue hermoso porque entré como atado. Llevaba muchos años acartonado por ciertos trabajos que había hecho para La Maga y solté la mano de nuevo. Me fui encontrando como periodista y encontrando un estilo. Fue muy fructífero. De hecho, por notas que salieron en esa revista, me llamaron de Gatopardo y revistas que en ese momento recién empezaban. Me dio la posibilidad de viajar, de dedicarle varios meses a una nota. Fue todo muy positivo, excepto la relación con la empresa. En lo laboral estuvo bueno, pero en lo empresarial fue una cagada. Estuve 4 años y medio ahí. Ganaba muy poca plata. Me pidieron que les cediera los derechos de autor de las notas, que era la única ventaja que le quedaba a un tipo que no está en planta. No tenía ningún beneficio por estar facturando, y el único que tenía me lo querían sacar. Y ahí los mandé a cagar y me fui.

 

Son condiciones laborales comunes en la profesión, e incluso parecen no tener otra salida o solución…

Sí. Incluso es cada vez más difícil estar fijo en un lugar. El 70% de los periodistas trabajamos como freelance.

 

¿Qué opinás del trabajo “freelance”?

Es complicado. A veces quisiera una estabilidad mayor, pero también pienso que si estuviera como algunos amigos 9 horas por día en un diario, no sé qué haría. La posición del freelance está legislada y en los medios argentinos en general lo que ocurre es que cuando alguien llega a las 23 colaboraciones, lo echan. Trato de no darle bola a eso, y escribir donde puedo. Voy flotando. A medida que se me van ocurriendo temas también pienso a quién le podrían servir.

 

¿Hacés algún tipo de selección al momento de ubicar tus notas?

Se elige del modo más arbitrario. Hay cosas que te despiertan interés y las hacés. Los temas a veces están más a la vista, y otras son intuiciones personales. No se puede legislar sobre esos. A veces observás algo que otro no observó o te interesa algo que a otro no le interesó o pescás algo pequeño en un diario, que te parece que necesita mayor desarrollo. Son muchas las maneras de llegar a tu historia.

 

¿Qué te gusta de escribir?

Simplemente me gusta. Para escribir hay que leer mucho. Estás constantemente leyendo y eso es parte de la alimentación de un escritor. Me gusta escribir, pero tiene más que ver con la necesidad que con el gusto. Cuando no escribo me angustio mucho. Me pongo mal, me deprimo, me ahogo en un vaso de agua. Me afecta personalmente. No funciono bien en mis relaciones con los demás. No estoy de buen ánimo.

 

Sentís la necesidad…

Sí. Siento una angustia que rápidamente compruebo que tiene que ver con eso. Empiezo a escribir y se me empiezan a acomodar los melones en el jarro.

 

¿Cómo desviás tu camino a la ventriloquia?

El modo en que llego a eso tiene que ver con el trabajo. Estaba haciendo el libro que se llama “Buenos Aires bizarro”, que tiene un capítulo sobre ventrílocuos. Los conozco en una reunión y los entrevisto uno por uno. Sale “Buenos Aires bizarro”, y ellos quedan contentos con el capítulo que se les dedica. Me invitan a la cena de fin de año, donde había una rifa y sale mi número. El premio mayor es un muñeco. A partir de ahí, se produce algo medio mágico. Le digo a quien luego fue mi maestro, al presidente del Círculo de Ventrílocuos, Miguel Ángel Lembo, que estaba pensando en hacer un libro específico sobre ventrílocuos pero que me gustaría hacerlo desde adentro, que me enseñara. Si no lo vivía, no iba a entender. Esa coartada que fue mi libro, quedó desbordada rápidamente. Empecé a disfrutar del hecho, a ver que la técnica la iba llevando. Me empezó a gustar la idea de Oliverio y me empecé a sentir más libre a través de él porque hacía cosas que yo no haría jamás. Él canta en una banda de rock, y es un frontman muy carismático. Yo hablo bajito, Oliverio fuerte; yo no soy un tipo que vaya a lucirse arriba de un escenario y Oliverio sí. Siempre se habla de la honestidad brutal de los muñecos.

 

¿Y por qué elegís desarrollarte en ese espacio?

El por qué es una relación personal muy profunda que establecés con tu muñeco. Si no sucede eso, va a ser estéril lo que hagas. No es que pensás que está vivo pero tampoco pensás que no. Es un lugar muy interesante para crear. Es fronterizo entre la ficción y la realidad, y está buenísimo. A mí me resulta muy liberador.

 

¿Encontrás en la ventriloquia algo que no encontrás en tu rol de escritor?

Con Oliverio hacemos música. Compone canciones. Yo jamás había escrito una puta canción en mi vida. Oliverio lo hizo. Tiene una serie de sueños que se relacionan con la conquista del universo. Quiere hacer un show en el Madison Square Garden con los Rolling Stones como teloneros. Hay dos vetas de nuestro trabajo. A veces armamos diálogos en relación con la actualidad urgente, como shows que hicimos en bares. También hay un proyecto que hemos logrado concretar por la mitad, que es hacer un espectáculo teatral grande con Oliverio como eje, es decir, pensar en la ventriloquia como una posibilidad expresiva que excede en mucho la idea de una persona dialogando con un muñeco, que ese es un punto de partida. En definitiva, se trata de restituirle a la ventriloquia una entidad artística que a menudo en medios  o películas de terror le han quitado.  Es una atracción devolverle el respeto que se merece.

 

Desde tu lado de escritor, ¿cómo es la experiencia con un muñeco?

Es como literatura en 3D. Tu personaje está hablando. A veces está pensando más rápido que vos. Es una cosa muy misteriosa, que el que no las vive no las entiende.

 

¿Qué diferencias notás entre la respuesta de un lector y la de una audiencia o público?

Son sensaciones distintas. Escribir es un acto íntimo. En un show estás viendo si la gente se ríe o no. A veces me pregunto si no tendrían que reírse más. A veces la atención devota de la gente que te está mirando es mejor que una carcajada; según la situación que plantees.

 

¿Qué recursos de tu “yo escritor” utilizás en la ventriloquía?

Todos, porque cambiamos la rutina siempre. Escribimos a veces obras que tienen una trama o a veces sobre la actualidad; con la diferencia de que el personaje está ahí, interactuando con vos, y no está en el papel. En principio, es un ejercicio de escritura al cual se le agrega improvisación. Oliverio es mucho más despierto que yo. Los mejores momentos del show, son improvisados.

 

¿Creés que el periodismo es diferente de la literatura? Se habla del periodismo literario género…

No sé qué es el periodismo literario. Mientras aquello sobre lo cual estés escribiendo sea verdad, no veo mayores diferencias y en lo posible que hayas estado ahí. No soy muy amigo de esos rótulos.

 

¿Dónde te desarrollás mayormente, escribiendo a partir de una investigación de un hecho o desde la ficción?

La ficción es más difícil, porque tenés que pensar una historia y también una estructura que la contenga. Todos los textos escritos tienen una estructura, pero a mí me resulta más fácil encontrársela a los que están basados en hechos reales. Me siento más seguro; lo cual no quita que no esté bueno hacerlo en ficción, sino que me requiere más trabajo. Estoy más insatisfecho e inseguro. Cuando logro estar satisfecho con un texto de ficción mío, me pongo muy contento pero sé que me resulta más trabajoso. Me salen más fácilmente las crónicas. Tengo cierta certeza de que voy a llegar a buen puerto con la crónica.

 

En resumen, entre el tema de ser freelance, de elegir ser escritor y/o periodista, basado en tu experiencia y tu carrera; ¿qué cosas aconsejarías a un “principiante”?

A veces uno busca una vida más estable o una economía más previsible, pero el asunto es que no por eso se te genera una vida más previsible. Uno tiene que encontrar el término medio para no dejar de ser uno en lo que emprenda.

 

, , , ,