Literatura,Reseña

Esa maldita bisagra

15 Dic , 2015  

Cuando un libro me hace reír y/o llorar, se gana mi respeto. Cuando digo reír o llorar no es la risita de cuando no entendés un chiste pero la tenés que remar igual. Un relato se gana mi respeto cuando te hace reír en voz alta, con convicción, o llorar, muy convencida también. Y obviamente si traigo todo este palabrerío acá no va a ser en vano.

Por Magalí Donato

Eso fue, como es de esperar, lo que me pasó con este libro. Me pasó el combo: reír y llorar. No a todos les parece “normal” (fea palabra, pero no encuentro otra) llorar a moco tendido por un libro.  Entonces ahí y así estaba yo, terminando “El origen de la tristeza”.

Pablo Ramos se pone en la piel de un niño de doce años y desde toda la inocencia que esa voz puede tener, te lleva por pasajes en apariencia ingenuos, que luego se revelan como profundísimos. Una frase que puedo citar ya, ahora, si me apuran, dicha por Gabriel, el protagonista: “(…) la muerte no es lo contrario de la vida: vivir como un muerto, eso es lo contrario de la vida”. Entonces lo que quizás sucede es que uno se prepara, habiendo leído las primeras páginas, para una novela “light” podríamos decir. Pero luego, con el correr del los renglones, esa impresión cambia. Cambia tanto que en algunos tramos las frases ameritan una segunda leída y una necesaria pausa reflexiva.

Al comienzo acompañamos a Gabriel en esas travesuras que hacen los chicos, como robarse una damajuana de vino. Y luego nos desayunamos, casi al mismo tiempo que él, que la vida puede ser un poco más fea e injusta y que lo que teníamos por seguro y sagrado puede mostrar una segunda cara que nunca hubiéramos querido ver. Y ahí, justo ahí, es cuando él y nosotros nos encontramos, en una esquina, y chocando a toda velocidad, con el origen de la tristeza.

No sé si es necesario agregar que recomiendo fervientemente esta novela. Estoy empezando el tercer libro de este autor y supongo que la reincidencia habla por sí sola. Al parecer, cerca de la cancha del arse, se gestan historias que, valga la redundancia, hacen historia.

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